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lunes, 2 de noviembre de 2009

Por la organización socialista de la mujer trabajadora

Revista "Las Piqueteras" N° 1 - Octubre

Por la organización socialista de la mujer trabajadora


El “fermento femenino” presente en la historia


Las mujeres siempre han estado presentes en los movimientos revolucionarios más importantes de la historia. Como dijo Karl Marx “Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las mujeres”.

Por ejemplo, han formado parte de las revoluciones burguesas del siglo XVII y XVIII. En las calles de Francia e Inglaterra lucharon contra la carestía de vida, el aumento del trigo y, fundamentalmente, contra el régimen monárquico protector de los señores feudales y la Iglesia. En el torbellino de la revolución francesa, las mujeres acudieron a los clubes de debate sobre filosofía y política con una audacia hasta entonces insólita. Los conservadores no tardaron en acusarlas con espanto de “hienas que se burlan de todo”. A contramano de este auge revolucionario fue que,
en “la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano”, la burguesía no reconoció sus derechos pero las mujeres respondieron. Olimpia de Gouges sentó un precedente histórico al escribir “la Declaración de los derechos de las mujeres”. Debido a esta osadía, fue enviada a la horca.

A fines del siglo XIX y principios del XX, se manifestaron en EEUU por la abolición de la esclavitud. En 1857 y 1908 protagonizaron grandes rebeliones contra la explotación laboral con huelgas, toma de fábricas y movilizaciones de 40.000 mujeres en las ciudades de Nueva York y Manhattan. Durante ese período fueron conquistando en los distintos Estados el derecho al sufragio. En Inglaterra el movimiento puso en la calle a 400.000 mujeres. Las luchas tuvieron un efecto internacional y el derecho al sufragio fue implementado en Finlandia, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia, Dinamarca e Islandia. En Italia y Alemania obtuvieron el derecho al voto en los tribunales industriales, más tarde en Francia.

Esto se dio también en la revolución rusa de 1905 cuando la clase obrera conquistó el derecho al sufragio universal, incluyendo también a las mujeres, para la Duma (el Parlamento ruso). No es una casualidad, las mujeres formaron parte de todos los procesos revolucionarios que encabezó el movimiento obrero. En 1871, en la Comuna de París las mujeres lucharon en las barricadas hasta los últimos días y desarrollaron trabajos tanto de centinelas como de espionaje al enemigo. Despectivamente, les decían “las incendiarias”. También las mujeres fueron parte de la vanguardia obrera que inició la Revolución Rusa en febrero de 1917 al luchar contra el desabastecimiento, la carestía, por el fin de la guerra y la destitución del Zar. Mediante su movilización, llamaron a la huelga general y lograron atraer a sectores del ejército zarista a la lucha por la revolución social. Durante la invasión yanki a Vietnam (y a lo largo de todo el proceso revolucionario), las mujeres vietnamitas combatieron sumándose a los destacamentos guerrilleros. En la guerra de todo el pueblo, las mujeres ocuparon el primer lugar de las trincheras de combate. Organizaron batallones propios dentro del Frente de Liberación Nacional (Vietminh) y se sumergieron en la jungla empleando la táctica de ataque defensivo y el método de acecho y emboscada repentina. Médicas y enfermeras eran encargadas de sanar a los heridos en combate y durante el tiempo “de ocio” organizaban el abastecimiento de alimentos. Durante la noche, las mujeres borraban las huellas que quedaban en la tierra alrededor de los centros guerrilleros más importantes para mantener el camuflaje.

En los inicios del SXX, en tiempos de guerra y revolución, la lucha y organización de las mujeres cobró una importancia mayúscula ya que durante la guerra fueron la fuerza de trabajo que reemplazó a los trabajadores reclutados al ejército y en las luchas revolucionarias peleaban en el frente de batalla. Sin embargo, mientras las socialistas revolucionarias defendieron la participación de las mujeres en el trabajo y en la guerra, los fascistas se oponían denodadamente a ello. Hitler argumentó que: "Mientras dispongamos de varones fuertes y sanos (y de ello cuidaremos nosotros, los nacionalsocialistas), no se formará en Alemania ninguna compañía femenina de combate, ni ningún batallón femenino de tiradoras. Eso no sería igualdad de derechos, sino inferioridad de derechos para la mujer." Este supuesto “privilegio” de no combatir que el fascismo reservaba para las mujeres tenía por objetivo impedir que las mismas adquieran conocimientos en el manejo de armas como también alejarlas de los puestos de trabajo mientras se desarrollaba una fuerte campaña nacional para reforzar “la moral familiar y patriótica de la madre que cría a los futuros guerreros”.

Como se ve, la burguesía se ha esforzado especialmente, en las coyunturas críticas de la historia, por mantener a las mujeres “en sus casas” porque ha percibido que en contraparte, éstas han sido protagonistas activas de la historia y han jugado un rol clave en los procesos revolucionarios.

Las feministas y las socialistas frente a la primera guerra mundial

En 1910 se realizó la Conferencia de Copenhague que instauró el “día internacional de la mujer trabajadora”. Fueron las socialistas quienes definieron este día. Esto es absolutamente lógico ya que la lucha de las mujeres estaba inscripta en su tradición revolucionaria.


Con el ascenso de la lucha, en los movimientos de mujeres comenzaron a despuntar dos grandes corrientes: las feministas y las socialistas. Fue en función de estas dos orientaciones, principalmente, que se retomó el debate sobre la estrategia política que debían adoptar las organizaciones de mujeres.

Desde un primer momento, el feminismo fue una corriente de lucha que cumplió un rol progresivo al fomentar la organización de las mujeres pero que estaba limitado por una estrategia de integración al régimen capitalista: más allá de los matices, el común denominador que las unía era que ellas reducían el horizonte de su lucha a “reformas legales y culturales de la sociedad machista”. Para ellas, no había una lucha de clases sino tan sólo de géneros. Demostraban así su carácter de clase burgués. Más tarde, esto quedo expuesto con toda claridad cuando apoyaron a las burguesías de sus respectivos países durante la I Guerra Mundial, traicionando así a las mujeres trabajadoras. En esta línea, en Inglaterra Emmeline Pankhurst pactó con el gobierno la liberación de militantes sufragistas a cambio de suspender las actividades políticas de las mujeres y sumarse al movimiento de apoyo a la guerra. Su organización adoptó un carácter nacionalista y pasó a llamarse “La Britania” bajo el lema de “los hombres a luchar, las mujeres a trabajar”. El feminismo, entonces, capituló frente a la masacre inter-imperialista y se subordinó a la burguesía belicista.

Por el contrario, las revolucionarias de Rusia y Alemania se opusieron a dicha integración manteniendo su independencia política respecto de las burguesías nacionales. Lucharon contra la guerra inter-imperialista bajo el lema de “guerra a la guerra” y desarrollaron una fuerte agitación socialista entre las mujeres a favor de la toma del poder político por los trabajadores. Luchaban por transformar la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Frente a la bancarrota de la II internacional, que al igual que las feministas apoyaron la guerra, Clara Zetkin fue precursora en la organización de las mujeres en la III Internacional y formula el equivalente del “Qué Hacer” de Lenin en el terreno de la mujer al plantear: “Ninguna agitación específicamente feminista, sino agitación socialista entre las mujeres”. Esto significa que, al igual que los obreros no sólo deben discutir sobre cuestiones sindicales, las mujeres no sólo deben discutir problemas específicos de las mujeres sino que, fundamentalmente, deben prepararse como dirigentes proletarias que fijan posición frente al cuadro político en su conjunto. Rosa Luxemburgo, en este sentido, fue una de las máximas dirigentes socialistas al oponerse a la guerra inter-imperialista desde la defensa del armamento del proletariado y la lucha por la dictadura del proletariado. Planteaba “reforma o revolución” y “socialismo o barbarie”.Las revolucionarias, ya desde ese entonces, explicaron que sólo mediante la sustitución de este régimen capitalista en descomposición por un orden socialista las mujeres tendrían acceso a sus aspiraciones democráticas y a su plena liberación. El problema era la lucha por el poder. Por eso dirigieron a las trabajadoras unificando su lucha con el conjunto de la clase obrera bajo una estrategia independiente de los bandos patronales en pugna.

La única salida a la opresión de las mujeres es la revolución socialista

Las mujeres, bajo el sistema capitalista, no sólo somos oprimidas por nuestros patrones que se aprovechan de nuestra propia fuerza de trabajo, sino que también somos oprimidas en nuestros hogares al ser reproductoras de la fuerza de trabajo de nuestras familias (es decir con el embarazo, la crianza de los niños y el sostenimiento de las tareas domésticas, entre otros). Esto fue denominado “doble opresión” por Marx y Engels: la trabajadora no sólo es explotada en tanto tal sino también por la opresión de la que es objeto como garante obligada del mantenimiento, crecimiento y desarrollo de las filas del proletariado en su conjunto. A partir de esto, se comprende que somos un pilar fundamental en la reproducción del sistema capitalista y que la solución a nuestros problemas depende de dar una lucha frontal contra el propio capitalismo y su Estado que defiende la continuidad de las actuales relaciones de producción.

Según Marx, “si la subordinación de la mujer tiene un origen social e histórico-concreto y se liga al surgimiento de la propiedad privada y de las clases, sólo la sociedad sin clases abrirá el camino de su liberación”. Esto se fundamenta en que la lucha de géneros (específicamente la división sexual del trabajo) fue el primer precedente de la lucha de clases (la división de las personas en función de la producción social y la lucha por el excedente). Marx dijo “la primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos.” Y Engels añadió: “el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia y la primera opresión de clases, con la (opresión – aclaración nuestra) del sexo femenino por el masculino”. Con esto, los principales exponentes del socialismo revolucionario dejaban bien claro el nexo íntimo entre la opresión clasista y de género: como una depende de la otra y se retroalimentan dialécticamente. Por lo cual, lejos de oponer unilateralmente la lucha de clases con la de géneros (como hacen las feministas y algunas corrientes marxistas que no entendieron nada) las mujeres debemos denunciar que la opresión clasista (garantizada por el Estado capitalista) es la que perpetua la opresión de género.

En cambio, las feministas teorizaron salidas conciliadoras con el régimen y negaron que la doble opresión de la mujer sea una condición necesaria para la producción capitalista. Por eso depositaron (y depositan) esperanzas en que el capitalismo pueda abrir paso a una progresiva liberación de la mujer. Sin embargo, la realidad terminó siendo exactamente lo contrario ya que ese dulce cantar las llevó a justificar la masacre de los pueblos. Esto se vio confirmado, nuevamente, cuando la feminista Bárbara Ehrenreich apoyó la Guerra del Golfo y reivindicó que las mujeres enlistadas en el ejército yanki violaran a los presos pakistaníes (¡!). El mismo papel nefasto jugaron aquellas feministas que recientemente apoyaron las invasiones en Medio Oriente porque “llevarían la democracia y la defensa de los derechos de las mujeres”. Para confirmar la infamia de apoyar las guerras imperialistas, basta ver cómo proliferan las redes de proxenetas y el tráfico internacional de mujeres en las famosas “democracias occidentales”.

Por el contrario, la experiencia del Estado Obrero ruso demostró que, si bien las contradicciones de género y de clase continuaban en la transición al socialismo, la liberación de la mujer estaba indisolublemente asociada a la lucha contra el capitalismo y por la construcción del poder de los trabajadores. La revolución de Octubre, de un plumazo, eliminó la desigualdad legal, otorgó el derecho al aborto y, para poner fin a la esclavitud del hogar, socializó el trabajo doméstico construyendo guarderías, comedores y lavanderías comunitarias.

Socialismo o barbarie

Las mujeres han protagonizado grandes movilizaciones de masas y dieron una fuerte batalla por sus derechos democráticos pero a medida que avanza la crisis y la descomposición del régimen capitalista esos derechos son suspendidos. Para comprenderlo basta con pensar en las dictaduras militares de los ’70 en toda América Latina, el actual golpe de Estado en Honduras, el avance de la Iglesia Católica en materia de aborto, anticoncepción y educación sexual y el brutal crecimiento del negocio internacional de la trata de mujeres. La clase capitalista modifica las reglas de los regímenes democráticos convirtiendo al “Estado de derecho” en el “Derecho del Estado” con el que impone un confiscación histórica a la clase obrera y especialmente a las mujeres.


Por lo tanto, la actual crisis capitalista pone en vigencia más que nunca la consigna de Rosa Luxemburgo “Socialismo o Barbarie”. Sin la intervención politica de las mujeres no existe transformación social profunda posible. Karl Marx explicó que la presencia del “fermento femenino” en la lucha revolucionaria era indispensable. Entonces, todos los compañeros y compañeras deben comprender que la organización socialista de la mujer trabajadora (lejos de desviar, desgastar o disipar las fuerzas) fortalece a la clase obrera en su lucha por el poder. La emancipación de la mujer dependerá de su intervención independiente contra los capitalistas, los partidos políticos patronales, el Estado, las mafias, el clero y el oscurantismo. Por eso es que las mujeres debemos apoyar con todo la perspectiva de la toma del poder político por los trabajadores. La revolución socialista y la dictadura del proletariado se constituyen, por lo tanto, como la única acción histórica capaz de realizar todas nuestras aspiraciones y acabar con el régimen capitalista. Vamos, entonces, por la organización socialista de la mujer trabajadora.

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